Faustino Lopez Insunsa
Mazatlán, Sinaloa.- De 1975 a 1980, periodo gubernamental de Alfonso G. Calderón, tuve la honrosa oportunidad de ser, durante los tres primeros años del sexenio, delegado regional de Infonavit y, los tres restantes, director de desarrollo integral de la comunidad rural del estado de Sinaloa. Según la institución y el programa, cuando tenía que trasladarme oficialmente al norte de la entidad, pernoctaba en Guamúchil o en Los Mochis. En cambio, en mis viajes particulares, aparte de disfrutar de los espectaculares horizontes sobre los dilatados valles de aquellas latitudes de nuestro estado, llegaba a casa de la familia de un viejo amigo, Edel Inzunza Logan, en Adolfo Ruiz Cortines, Guasave, donde, al calor de cargados cafés, nos daba la media noche en amena charla sobre recuerdos estudiantiles en la ciudad de México o, casi siempre, sobre mis composiciones para tambora. El propio Edel, en su entusiasmo por mis corridos a los municipios, me proponía que visitara a un famosísimo locutor guasavense, al que llamaban El Chitole, que era un ídolo local por su programación radiofónica y sus atrevidas arengas románticas a las radioescuchas, para que yo le diera el disco con las grabaciones que me había hecho Luis Pérez Meza, solicitándole que lo impulsara en su programa, que era escuchado en todos los poblados de la región. Pero nunca lo hice o no me di el tiempo para hacerlo. Al locutor que sí visité en la cabecera municipal, por gestiones de Ernesto Ayala, quien había sido el ingeniero de grabación de mis canciones, fue a Luis Aguilar, homónimo del actor de cine, con una formidable voz de barítono. Este hombre, ya anciano, también con una amplísima audiencia, era un ejemplo de dignidad y perseverancia, pues era ciego, y, auxiliándose con un joven en el tornamesa y los controles de cabina, hacía gala de calidad en los anuncios que decía frente al micrófono. Durante nuestra visita, estuvo pasando al aire el disco, haciendo comentarios elogiosos al mismo conforme lo iba escuchando, inclinándose en su predilección por el vals San José de Gracia. El nombre de la canción daba a entender con obviedad que se trataba del pueblo minero de donde habían llegado a Los Mochis los padres del gobernador Calderón. De ahí, Luis Aguilar infirió que la grabación la había pagado el gobernante, criterio que, pese a informarle que no había sido así, mantuvo inalterable. Lástima que murió sin saber que en 1985, cuando era subsecretario de pesca, el mismo don Alfonso me reclamó porqué no lo había incluido a él en la lista de amigos que habían sufragado la grabación. Rescato de la memoria que en una ocasión de las tantas que dormí en casa de Edel Inzunza, era verano. Temprano había caído un torrencial aguacero, dejando casi intransitables las calles por los lodazales que se formaban, en virtud de que aún no se pavimentaba ninguna avenida y el barrial era tremendo. Como afuera de la casa era más fresco que adentro, me sugirieron que sacara un catre de lona a una terraza en el primer piso, muy cerca de un frondoso laurel de la India, que ahí llaman macapule. El olor de la tierra mojada y la tranquilidad del pueblo, me dieron una extraordinaria bienvenida aquella noche que, no obstante, resultó extrañamente singular, por lo que a continuación refiero. Había dormido, como se dice, a pierna suelta. La mente prodigiosa, relajada, hizo que reposara gratamente. Hacia el amanecer, casi al romper el alba, empecé a tener un sueño en el que había paisajes inusitados poblados de aves. De las más de veinte mil especies conocidas, en mi imaginación adormilada había un infinito número de pájaros, de soberbia estampa por sus figuras y ropajes. De pronto, en mi sueño apareció una muy particular, más bella que el Ave del Paraíso o cualquiera otra conocida, que se posó en una rama, frente a mí. No terminaba de admirar la hermosura de su plumaje, cuando, con la velocidad de un relámpago, desperté justo cuando un gato, desde el ramaje del macapule, se precipitó sobre ella como si hubiera estado viendo con sus propios ojos lo que yo soñaba. Me provocó escalofrío la veloz sombra del felino que rozó mi frente sin lastimarme. Era como para no dar crédito a lo ocurrido. El hecho me hizo recordar las antiguas leyendas populares sobre la capacidad que tienen los gatos para ver en la oscuridad. Hay quien dice que hasta pueden percibir el aura de las personas e incluso lo que uno piensa. De niños, mi madre nos advertía que nunca dejáramos dormir gatos en nuestra cama, pues eran muy dados a acarrear víboras o coralillos que, por instinto de conservación se hacían los muertos, pero en cuanto se podían escabullir entre las cobijas, podían ser mortales por necesidad. Lo cierto es que nunca volví a dormir afuera de la casa de la familia Inzunza Logan, de Ruiz Cortines, Guasave.
Fuente: El Sol de Mazatlan






